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El ardiente aliento de África

21 diciembre, 2014 Deja un comentario Go to comments

59350_c1Adrián Volpato recorrió 27 países de tres continentes a bordo de su moto “La Princesa”. Fueron 40.000 kilómetros en casi un año. Y aquí comienza a contar su viaje por África.

Un loco sueño de distancias, aventuras y metas me llevó a unir a lomos de una motocicleta, los dos cabos. El de “las Agujas” en el extremo meridional de África, donde se unen el Atlántico con el Indico, y el “Norte” en lo más septentrional de Europa, holgadamente dentro del Círculo Polar Ártico.

Fue una travesía por 3 continentes, 27 países, 40.000 kilómetros durante casi un año que me dejaron, por sobre todo, inolvidables vivencias. Sin embargo, resulta inapropiado y hasta injusto tratar de rescatar la más relevante…

Ahora, mis recuerdos me trasladan a aquella hostil geografía de Sudán. El desierto Nubio, la parte oriental del Sahara, es una de las zonas más calientes del planeta. Un infierno de arena y granito calcinado. Alguna mata gris, muerta y rematada por el sol. Y ese calor reseco e infinito que parece arrancar fuego de las piedras.

Esta es otra África. No hay selvas sin fin con hilos de luz apenas filtrados, no hay lodo ni humedales. Nada de eso. El desierto se extiende como un océano pedregoso y enceguecedor. Algunas pocas rocas semejan cadáveres eternos y no hay siquiera una brisa que arremoline la arena. Nada. Solamente sol, hacinando con sus rayos de infierno. Mucho calor, demasiado…

La senda es dura, y promete empeorar. Solitarias, enigmáticas, enmarcadas por enormes dunas, emergen las pirámides de Meroe, restos de una de las primeras civilizaciones en el valle del Nilo (400 a.C. – 300 d. C.). Polvo. Vacío. Y un largo camino amarillo que se pierde y parece no conducir a ninguna parte…

Y el hambre y el cansancio y la desesperación. Los sueños, la dignidad, amor y odio, todo parece diluirse y perder importancia. De pronto, como un oasis surge, aquel rudimentario puesto de madera y paja.

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Pirámides de Meroe

Un muchacho árabe en su túnica blanca, el camello, un ánfora con agua traída del Nilo, y básicas herramientas de auxilio, aunque el tránsito por estos lares es casi nulo. Es menester el idioma universal de las señas como medio de comunicación, alguna sonrisa, la bendición del agua fresca y del descanso, y la camaradería de compartir la shisha o narguile -pipa de origen arábigo-.

En Jartum, la capital sudanesa, el Nilo Blanco procedente de Uganda se une con el Nilo Azul que viene de Etiopía, formando el Nilo que continúa su curso hacia Egipto para luego de 6.700 kilómetros desembocar en el mar Mediterráneo. Desde aquí no lo puedo ver, pero la ruta sigue la traza del inmemorial río, padre de la vida en esta tierra yerma desde hace milenios.

Debo proseguir. Mi intención es alcanzar la próxima aldea, pero el destino juega otras cartas. A poco de andar, el viento bate con furia huracanada la región. Es el chergui, la terrible voz de la naturaleza que silencia a todas las demás. Cuando él aúlla, todo es silencio, todo se esconde. Los hombres dejan sus querellas a un lado y se sepultan como topos en la arena.

El chergui asfixia y ciega si se osa enfrentárselo. Por eso humanos y bestias gimen y maldicen, pero se someten. Imposible decir cuánto tiempo permanezco aplastado contra la moto. Al final, el viento amaina como un gigante que se marcha satisfecho después de jugar con los seres vivos como si fueran gusanos.

Sobreviene el ocaso. Un momento sublime. El sol se sumerge lentamente en el horizonte ajado de dunas y parece incendiarlas. Como si Dios hubiera dispuesto que estas imágenes sólo quedaran grabadas en mis retinas, la batería de la cámara fotográfica se agotó.

Acampo en el desierto. Una mortaja helada reemplaza al hirviente caldo diurno y un manto perfecto de estrellas centella en las alturas. El silencio es absoluto. Luego de una frugal cena, cierro la carpa y el cansancio me vence.

Transcurren las horas, y la magia de la aurora revela otra jornada agobiante. Arranco “La Princesa”, y quiero suponer que tengo suficiente combustible. Ya se sabe, el ayuno personal es incómodo, pero el de la máquina fatal.

No dispongo de GPS, me gusta a la vieja usanza, sólo una brújula y planimetría. Aquí se es parte de la inmensidad, aquí no hay carteles, y sólo latiguea la sospecha de algún escorpión.

Por toda compañía, se alzan otras pirámides, las de Karima, magnas, altivas, imperecederas. Y tal vez sea cierto aquello de que; el hombre le teme al tiempo, y este a las pirámides.

Abri es el próximo villorrio en los bancos del Nilo, y luego Wadi Halfa en pos del ferry semanal que navega el lago Nasser hacia territorio egipcio…

Conquistar sin riesgo, es triunfar sin gloria.

Por Adrián Volpato, para Diario La Opinión.

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Categorías:Salud & Ambiente
  1. OSCAR CANELLO
    7 marzo, 2016 en 17:57

    QUE AVENTURA !!! PERO QUE HERMOSO ES PODER ESTAR EN CONTACTO CON LA NATURALEZA EN TODAS SUS MANIFESTACIONES. DEBE SER UNA EXPRIENCIA EXTRAORDINARIA Y ES LINDO QUE LA COMPARTAS, PARA CONOCER AUNQUE SEA EN LETRAS DE MOLDE LAS MARAVILLAS DE LA CREACION.. TE FELICITO POR ESTA INICIATIVA Y POR HABER SOPORTADO TANTA “INCLEMENCIA” PROPIA DE ESA GEOGRAFIA…. UN GUSTO HABER LEIDO ESTE COMENTARIOS

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