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Adrián Volpato: en moto por el Amazonas

La BR 319 une Porto Velho con Manaus -en Brasil- atravesando la selva amazónica por casi mil kilómetros. Ejecutada por los militares a principios de los 70, demandó cuatro años de trabajo ininterrumpido y, luego cayó en el olvido. Transitarla implica un tiempo imposible de calcular.

El calor se había solidificado en aquella jungla barrosa, cerrada y esquiva, con sonidos y olores extraños. Un intruso en aquel reino verde, donde sólo latigueaba la sospecha de algún yaguareté, el aullido de monos y, el sedoso deslizarse de las serpientes.

Las cataratas y el humedal

La temporada de lluvias había comenzado en la Amazonia, no obstante como un buen plan realizado hoy es preferible a uno mejor a efectuar algún día, pongo proa hacia el norte. Rafaela -centro oeste santafesino- queda atrás e ingreso a la región mesopotámica, situada entre los dos ríos más importantes del país, el Paraná y el Uruguay.

Aquí, entre lomadas y montes, la “Ruta de los Jesuitas” es una presencia mágica, llena de mitos y leyendas, donde confluyen relatos sobre los guaraníes, restos de las misiones fundadas por la Compañía de Jesús y recuerdos de los crueles ataques de los cazadores de esclavos brasileños. A cada paso se hace presente la historia, en los trazados originales de los pueblos, en los antiguos túneles y murallas que los defendían, en las casas con sus muros de piedras acarreadas y talladas por los indios.

Pero no todo es pasado. Rumbo al norte el contraste entre el verde intenso de la selva y el rojo oxidado de la tierra se acrecienta. Exuberante vegetación, saltos de agua y, yerbatales -nuestro oro verde- conviven en una región de múltiples inmigrantes.

El salto Velo de Novia en Chapada dos Guimarães.

Cerca de la triple frontera -Argentina, Brasil y Paraguay- algo le pasa al río Iguazú en su largo viaje desde Brasil al Paraná. La selva lo estrangula en la isla San Agustín, pero enseguida sobrevive, ensancha su cauce y se tranquiliza hasta alcanzar un punto de éxtasis y quietud, para caer al abismo conformando imponentes cascadas.

Las Cataratas del Iguazú son casi un exceso de la naturaleza. Y aunque reincidente, uno las contempla siempre con ojos nuevos y admirados. Fantaseo con el caos detenido por un instante y, hasta imagino el paisaje infranqueable que encontró Alvar Núñez Cabeza de Vaca en 1542… Todo es intenso en Misiones. Desde el sol despiadado hasta la vegetación de formas y tamaños increíbles. Desde las aguas estruendosas hasta la tierra más colorada.

Con el alma hipnotizada cruzo el puente “Tancredo Neves” y piso territorio brasileño. En el quinto país del mundo en extensión, las distancias son considerables y, se notan.

Enfilo hacia el Mato Grosso. Luego de un par de días arribo a Cuiabá, la capital estatal, fundada a principios del siglo XVIII por buscadores de oro. El casco antiguo es pintoresco, con casonas centenarias y calles estrechas y, por qué no, regalarse unos tragos de “cachaça”.

A poco de andar, prácticamente en el centro geodésico de Sudamérica, una meseta interrumpe el llano, la Chapada de Guimarães. En la ruta se impone detenerse y asomar a la “Puerta del Infierno”, profundo barranco al que tiraban vivos a los ladrones en el siglo XVIII.

Más adelante hay otra parada obligatoria, el “Velo de Novia”, un salto de agua de 86 metros en cuya base es digno darse un chapuzón. Bosques, más cascadas y, al fin llego al pueblo que adoptó el nombre de la chapada, con su iglesia construida por esclavos sobre un cementerio indígena y, una paz que contagia.

Llega el momento de descubrir “El Pantanal“, la mayor área inundable del planeta, que desagua en el río Paraguay y ocupa 250.000 kilómetros cuadrados, de los cuales en época de lluvias queda apenas el 3 por ciento de tierra firme. Tanta agua da vida a una gran variedad de flora y fauna.

La “Transpantaneira” es una precaria senda de tierra con unos 130 puentes de madera que se adentra en el gran humedal y, corre en parte el telón a sus encantos. Un panorama de agua, vegetación, pájaros increíbles, yacarés que se deslizan a corta distancia, ríos caudalosos.

De pronto, el sol se esconde detrás de una larguísima nube oscura, que anuncia una de esas lluvias tropicales que nunca fallan. La marcha se complica, pero la belleza continúa. Muy cerca vuelan dos araras y, más allá camina con sus pichones gigantescos un tuiuiú, ave parecida a la cigüeña. No faltan monos, osos hormigueros, nutrias. Ni capibaras, el mayor roedor terrestre con sus 80 kilos, ni algún ciervo de los pantanos.

Tanta naturaleza abruma y deleita. Entre espesos bosques cae la tarde, con una luminosidad que cambia de color a cada minuto. Porto Yofre, a la vera del río San Lorenzo es un minúsculo villorrio y, punto final de la Transpantaneira. Para internarse más aún en lo profundo del Pantanal se requiere una canoa.

Una luna de plata parece espiar desde su reino nocturno. Sobre la superficie del agua resplandecen con un blanco intenso las flores del aguapé. Las mismas que con el nuevo día se cerrarán. En Brasil, los paraísos no sólo tienen forma de playa.

Amazonia, pulmón de la tierra

Desando la Transpantaneira y apunto hacia el noroeste. Atravieso varios cursos de agua y tristemente observo enormes vacíos, huecos sin vida, ocasionados por la tala indiscriminada, en un paraíso del que ya fuimos expulsados y al que nunca fuimos invitados.

Porto Velho, a orillas del río Madeira y cerca de la frontera con el estado de Amazonas, es una ciudad tranquila. Aquí se inicia la mítica BR 319 construida por militares a principios de los ’70 y que lleva a Manaus.

La selva amazónica, el pulmón del planeta, es un gigantesco humedal tropical de siete millones de kilómetros cuadrados en el que caen unos 2.750 milímetros de lluvia al año. Lo normal es llegar a Manaus empleando una balsa por el Madeira.

El desafío por la derruida BR 319 no es algo para tomar a la ligera, pero ejerce un magnético influjo. Los pronósticos optimistas hablan de cuatro jornadas, que pueden extenderse a muchas más dependiendo de las condiciones climáticas y de los desbordes de los ríos.

Aprovisiono alimento, agua y combustible, para los casi 1.000 kilómetros que me separan de Manaus. Surge la irresoluble ecuación; espacio, peso, ligereza. Y el destino ya había arrojado sus dados cargados de riesgo.

De a poco voy sumergiéndome en un mundo denso, desmedido, enigmático, oscuro, que despierta fantasías sobre sus moradores que nunca tuvieron contacto con la “civilización”, que trae a la memoria las épicas aventuras inspiradas en leyendas de tesoros ocultos que prometían la riqueza eterna. Contemplo la selva colosal y sombría, con su antigua humedad musgosa y el rumor de aguas ocultas.

Un último rayo de sol tiñe de oro la espesura y llego a Villa Realidade. Una extraña atmósfera impera en las humildes chozas. Un tiempo de nadie parece flotar como una niebla, un extraño compás de espera.

Tras una copiosa “feijoada” -guisado de carne con porotos negros y arroz-; hago noche. Desde aquí y por 600 kilómetros no hay más aldeas,… sólo jungla.

La BR 319 es como una angosta víbora roja que se abre paso en el verde espeso. El contacto con ese ambiente exuberante y húmedo es intimidante. La selva está lejos de ser un manchón esmeralda y uniforme. La vegetación ocupa casi todo el espacio disponible entre el suelo y los árboles más altos que superan los 40 metros.

En sectores, un tupido entramado no deja ver el cielo y la tierra colorada queda casi oculta bajo una capa de musgos y líquenes. Reina el calor. No es algo abstracto sino una masa sólida, palpable.

Este edén terrenal está plagado de aves y mariposas. Escucho el aullido de monos y en los cursos de agua, entre “vitórias régias” la infaltable presencia de yacarés. Hay lianas, gigantescos helechos, larvas y termitas. Hormigas enormes y algunas serpientes cruzan la senda.

La selva está ahí, con sus perfumes, sonidos y secretos. Inquietante y misteriosa.

Por Adrián Volpato, en La Opinión de Rafaela.

Nota II – Diario de Viaje por el Amazonas.

Nota III (final) – Diario de Viaje por el Amazonas.

La BR-319 vista por la BBC.

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Categorías:Opinión, Salud & Ambiente
  1. axel
    7 septiembre, 2012 en 12:14

    Excelente viaje Adrian. Sos un grande por seguir tus sueños..

  2. 10 octubre, 2012 en 7:33

    Excelente Artículo
    Me agradó la forma en que aborda sobre el tema.
    Seguiré volviendo esta página para continuar instruyéndome
    sobre la materia.
    Gracias

  3. Daniel
    16 octubre, 2012 en 13:15

    Viajar no deja indiferente y da pie a pensar, reflexionar y decir: condensa muchas cosas y gran parte de lo que somos. El viaje es el mejor aprendizaje experiencial porque las mejores escuelas de la vida están repartidas por todo el mundo.
    Felicitaciones por esta aventura, esto es una manera de poder disfrutar y contemplar nuevas culturas, paisajes…Esperamos la próxima publicación para participar de alguna manera de la “aventura de viajar” ☺

  4. aida
    16 noviembre, 2012 en 23:21

    BUENÍSIMO! el artículo, Adrián, y muy descriptivo del viaje realizado y por demás enriquecedor. Además felicitaciones por cumplir otro de tus sueños, viajero amante de la aventura y con tu compañera, la moto.
    Hasta pronto, AÍDA.

  5. 26 agosto, 2013 en 0:29

    Alucinante el viaje , pero ya fue , como Tierra del Fuego – Alaska , todas las entradas a Chile , ahora estas disfrutando Africa !!! Suerte en este nuevo desfio , te esperamos en Rafaela para nuevamente deleitarnos con tus anecdotas … Abrazo !!!

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